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El corzo de las puntas blancas

Esta semana estuvimos probando el nuevo material facilitado por nuestra armería de confianza en la caza del corzo. Estuvimos en una zona nueva de la que, hasta ahora, solo habíamos escuchado hablar. Por suerte, estuvimos acompañados por nuestro nuevo amigo Pablo, un cazador local dispuesto a dejarse la piel para que pudiéramos disfrutar de esta maravillosa jornada de caza. Sin duda, estamos convencidos que va a surgir una grandísima alianza.

El día empezó con un madrugón tremendo, a las 4:30 había que levantarse de la cama, ya que debíamos estar antes del amanecer en el punto de queda. Tras dos horas y quince minutos de conducción a bordo de nuestro Toyota 4×4 llegamos a un precioso pueblo de color rojizo, enclavado a los pies de una preciosa montaña de unos 1600 metros de altitud sobre el nivel del mar. Nos reunimos en la plaza del pueblo, el lugar desde el cual se iba a iniciar nuestra jornada de caza.

A los pocos minutos de salir, divisamos varios ejemplares de corzos, de los cuales apenas se intuía su silueta en aquel prado verde. Sacamos los prismáticos y el catalejo rápidamente para intentar valorar el tamaño de unos animales que apenas se veían a simple vista. Debido a la escasez de luz y la rapidez de estos animales, solo tuvimos la oportunidad de divisar que las puntas de uno de estos animales eran blancas, una cosa que después de tantas años llevando a cabo este tipo de cacerías, a mí me despertó cierta curiosidad. Se metieron en el monte rápidamente, sin que nos diera tiempo a poder valorar el trofeo que portaba aquel curioso animal.

Un poco más adelante, y sin todavía haber podido olvidar aquel animal, nos topamos con otro que caminaba hacia el monte sin parar de andar y tan solo nos dio tiempo a ver qué tenía forma de corazón; lo que nos recordaba a aquellos ciervos que hay por la zona donde aprendí como cazador. Resulta tan bonito un animal tan pequeño que nos quedamos prendados por su misticismo y optamos por no realizar un disparo. Para estar totalmente seguros de que no vamos a herir a este animal y que su belleza siga perdurando por estos lares. Nuestro punto de vista es que en ocasiones como esta es mejor no disparar, la jornada y encontraremos algún animal más apropiado para cazar.

Continuamos nuestra cacería con la mente puesta en aquellos dos animales que por sus formas de actuar parecían ser algo más que simples corzos, todo los indicadores nos hacen pensar que estamos frente a corzos de una inteligencia superior que no nos van a permitir ningún fallo o duda ante un lance con ellos. Poco después, volvemos a ver más animales pero ni a nuestro compañero Pablo ni a mi nos llegan a convencer, divisamos un zorro marcando su territorio en una pradera al que también consideramos que es mejor no cazar.

A continuación, divisamos otro grupo de corzos de entre los cuales destaca uno que se encuentra junto a dos jóvenes más y tres hembras.”Parecer ser bueno”, decimos los dos a la vez. Agudizamos nuestros sentidos y nos preparamos para actuar, ya que estaban situados en un lugar desde el que divisaban mucho terreno, por suerte para nosotros el aire y una fina línea de matojos y encinas nos permitía un acercamiento para valorar el animal de mejor manera. Nos pusimos a unos escasos 70 metros y el corzo más viejo empieza a perseguir a los jóvenes para expulsarlos de la zona donde se encontraban. Carrera arriba carrera abajo, nosotros disfrutando de aquella maravillosa imagen y sin perder ni un solo detalle. Una vez expulsados, el corzo se para y mira hacia nosotros como si nos hubiera visto, empieza a andar hacia nosotros dando pisadas fuertes, como si tratara expulsar al intruso de su territorio. Se trata un corzo joven, muy bonito y muy valiente. Por este motivo, consideramos que no merece ser cazado.

La mañana se había pasado volando y ya eran casi las 12 del medio día, por lo que decidimos parar a comer y reponer fuerzas. Después de comer decidimos subir hasta el punto más alto de la montaña para poder divisar mejor todo el acotado. Y poder decidir cuando iba a ser el momento exacto para utilizar el material que nuestro amigo Rubén de la Armería Jualgo nos había recomendado. Para nosotros, tras mucho años siguiendo sus recomendaciones, son los asesores de material de caza que recomendamos a cualquier cazador.

Empieza la tarde en un peñón de 1600 metros con unas praderas y sembrados de fondo, un lugar maravilloso en el que podríamos haber pasado la tarde, pero el tiempo apremiaba y había que seguir cazando. Pronto empezaron a dejarse ver los primeros animales entre el monte que bañaba este espectacular peñón en medio de la nada. Divisamos un corzo entre los robles, un poco fuera del alcance de nuestro Rifle aparecen 3 más y, de entre los cuales, descubrimos que se trataba de un macho cuando le vemos cuernos. Nos dirigimos hacia ellos, pero como si alguien les hubiera avisado, se nos pierden de vista desapareciendo en el monte rápidamente. Nos acabábamos de quedar fuera de nuestra privilegiada ubicación y sin un plan alternativo para volver a ella, así que decidimos jugar todo a una última baza.

Teníamos que decidir si volver al lugar donde esta mañana habíamos visto aquel corzo de las puntas blancas o al de forma de corazón, ya que no teníamos suficiente tiempo como para dirigirnos hacia los dos. Decidimos ir a por el de las puntas blancas, así que cogimos el coche y nos dirigimos hacia el mismo lugar, dejando el coche un poco apartado por si el animal rondaba por la zona. Pensábamos que al no haberlo molestado por la mañana era muy posible que rondara la misma zona, así que empezamos a subir hasta un punto alto donde tendríamos muy buena perspectiva del lugar. Nada más llegar, Pablo divisa una corza tratando de huir del lugar, mientras que mis ojos se van directos a una mata verde, donde vuelvo a divisar un corzo. ¡Es el de las puntas blancas! Mientras que yo me centro con el rifle, Pablo me dice que espere para que me lo pueda confirmar. En este momento, yo solo estaba concentrado en seguir el corzo para realizar un buen disparo, casi sin ni siquiera fijarme en el trofeo, una buena costumbre que he adquirido con la experiencia para no ponerme nervioso.

Finalmente, Pablo me confirma que sí que es el trofeo que estabamos buscando. Cuando se cruce y salga de las matas me haré con él. El corzo andando da un giro para darme su codillo a unos 200 metros, momento que gracias al visor Leica magnus 2,4-16×56, aprovecho para clavar mi disparo con el blaser R8 270 Winchester que Rubén nos había recomendado para el tipo de caza que solemos hacer. Todavía me resulta increíble, y me pongo a temblar, en el instante en que veo al corzo caer tras una rápida carrera que inconfundiblemente indica que hemos conseguido nuestro objetivo.

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